Práctico, Esperanza y la Golondrina (Cuento)

Mauricio Priego 23/Dic/2013 3

Práctico, Esperanza y la GolondrinaComo cada navidad tengo para ustedes un obsequio: un cuento que nace de mi deseo de llevar a sus hogares algo más que sólo temas financieros. Después de todo, el dinero no es más que un recurso… La verdadera riqueza la llevamos en nuestro interior. Confío que les guste. Felicidades :)

Hace tiempo en una aldea del norte vivían dos hermanos. Sastres eran, y si bien en la aldea no había mucha riqueza, vivían con cierta holgura ejerciendo su oficio y de lo que lograban cosechar de su pequeño huerto. Un luminoso día al final del verano llegó hasta esa comarca un nuevo sastre, el cual aseguraba haber vestido a políticos, artistas y empresarios de aquel país, adquiriendo una pulcra casita con grandes ventanas a través de las cuales la gente del lugar podía ver las finas telas, lo bellos modelos y el arte con que el nuevo vecino hacía su trabajo… Para el invierno la miseria se había instalado en la casa de dos hermanos al perder uno a uno a sus antiguos clientes




Mas no se desanimaron por ello. Al atardecer de la víspera de navidad salieron a buscar leños al bosque cercano para calentar su casa y cocinar unas rebanadas de tocino rancio que sería, junto con pan elaborado con la cebada cosechada de su huerto, su cena de navidad. De regreso encendieron el fuego el cual llenó su espíritu con la calidez de sus lenguas bailarinas y de las chispas que parecían bailar sobre la madera.

De pronto, de un tronco nudoso en el cual había oquedad, salió volando una pequeña ave negra y blanca quien en su intento de huida fue a estrellarse a la ventana cerrada.

– Bueno, – dijo Práctico, el mayor de los dos hermanos – al parecer tendremos hoy un poco de carne.

– ¡Espera! – le contestó Esperanza, la menor – aún está con vida. Sólo está aturdido por el golpe. Si lo cuidamos podría recuperarse.

– Lo único que conseguirás con esa actitud tuya es que pasemos hambre…

Esperanza se encogió de hombros, preparó un pequeño nido entre la paja de techo, y prodigó sus cuidados a la pequeña ave alimentándola con pan de cebada.

La primavera llegó a aquel hogar con el pajarillo revoloteando dentro de la casa. Con una sonrisa triste ante la inminente despedida, la joven se asomó por la ventana observando como el sol iluminaba la campaña.

– ¡Ya abre la ventana! – Le dijo con cierta aspereza Práctico – No podemos quedarnos aquí todo el día.

Esperanza suspiró, abrió la ventana y se hizo a un lado para permitir a la avecilla recobrar su libertad.

Al sentir la corriente de aire el ave batió sus alas dirigiéndose raudo hacia la ventana… Pero ahí detuvo su vuelo, se paró sobre el pretil, y ante la sorpresa de los hermanos les dijo:

– Han sido muy amables conmigo. A pesar de sus carencias me cuidaron, me dieron abrigo y me alimentaron. Mal actuaría yo si no correspondiese su hospitalidad con agradecimiento. En mis vuelos he conocido muchos lugares, y en uno de ellos crecen dos árboles prodigiosos: a uno le brotan hojas de oro bruñido, al otro hojas verdes que nunca se marchitan y prodigan regocijo a quien las posee ¿Cual quieren que les traiga?

– ¡Una hoja de oro, por supuesto! – Gritó Práctico reponiéndose rápidamente de la sorpresa.

– A mí una del árbol del regocijo – Solicitó Esperanza.

El ave salió volando de aquella casa dejando a los hermanos absortos quienes la observaron alejarse hasta perderse en la distancia.

Aquel año fue aún más duro para los hermanos. Práctico tuvo que recorrer el pueblo buscando trabajo mientras que Esperanza se afanaba en el huerto y aceptaba remendar la ropa de vecinos a cambio de un poco de comida.

Cuando nuevamente llegó la primavera ambos hermanos habían decidido dejar el pueblo habiéndoseles olvidado la promesa del extraño pájaro. Pero esa mañana unos golpeteos en la ventana les despertaron.

¡La maravillosa ave había regresado! Trayendo en su pico una hoja de oro grande como la del Arce, y una hoja muy semejante a la del laurel común, pero con un verdor fuerte e intenso.

– ¡Es un milagro! – Dijo Práctico al ver en sus manos más oro del que había tenido durante toda su vida – ¡Muchas gracias querida ave! ¿Ya ves Esperanza cómo supe elegir? Como ya he dicho tus decisiones sólo nos llevarán a pasar hambre. Me extraña como un pájaro tan listo venga cargado con eso desde tan lejos.

– Amigo, – intervino el ave – tu juicio es más precipitado que cortés. Yo cada año recorro el mundo, así que anualmente podré traerles a cada uno la hoja que más le agrade a cambio de la hospitalidad que me brindan.

– Por favor tráeme a mí siempre una hoja de oro, querida ave – Solicitó Práctico.

 – A mí tráemela siempre del árbol de regocijo – Pidió Esperanza.

Práctico juró que su hermana no estaba bien de la cabeza. Con el dinero obtenido de la hoja de oro se cambió a una mejor casa y se asoció con aquel nuevo sastre, quien recibió con beneplácito el capital fresco.

Aquel fue un año de contrastes, ya que mientras la suerte parecía sonreír para Práctico, la casa donde vivía su hermana se veía cada vez más destartalada. Con la prosperidad las doncellas del pueblo comenzaron a sonreírle y no tardó en casarse con una de ellas. Pero Práctico amaba a su hermana, por lo que le dolía ver cómo se rodeaba de gentuza y pordioseros. No podía más que rezar para que el próximo año pidiese al ave una hoja de oro.

A Esperanza, por su parte, en realidad no le hacía falta nada. Sus vecinos empezaron a descubrir que al platicar con ella las preocupaciones y las penas se reducían. Que los problemas parecían resolverse de forma más sencilla. Que querellas familiares se transformaban en diálogos abiertos de comprensión y armonía. Al estar con ella sus fuerzas renacían y el futuro no se veía tan incierto. De esta forma la iban a buscar personas cada vez de pueblos más distantes, y entre quienes la visitaban no faltaba quien le llevara un poco de comida o vestido.

Y pasaron los años. Un buen día llegó a instalarse en el pueblo un joven empresario caído en desgracia. Su constructora había quebrado por culpa de la situación económica del país y sus conocidos le habían cerrado sus puertas. Acosado por los bancos fue a refugiarse en aquel aparado lugar, donde durante varias semanas vivió inmerso en su amargura y alejado de todos.

Cierta mañana recorriendo un arroyuelo cercano se topó con Esperanza, quien llenaba un cubo de agua para regar su huerto. Más por hábito que por cualquier otra cosa, se acercó a ofrecerle su ayuda en un acto de caballerosidad. Pero la centena de metros caminados junto a aquella joven cambiaron su vida: Recobró su visión y su entusiasmo. Comenzó a frecuentarla todos los días, y andando un poco tiempo recobró también su valor y su coraje.

Observó entonces que el trabajo del sastre de aquel pueblo era fino, que Práctico tenía un importante capital y recordó que la gran ciudad de la que él venía estaba ávida de vestidos y trajes artesanales, que a diferencia de los que podían comprarse en los grandes comercios eran únicos e irrepetibles, por lo que estaban dispuestos a pagar buen precio por ellos. Sumando a ello su experiencia y conocimiento, el nuevo negocio fue una consecuencia natural.

Enamorado de Esperanza le solicitó matrimonio, la cual con alegría aceptó… Con el único inconveniente que tendrían que irse a vivir a la ciudad para atender el negocio.

– La ciudad es un bello lugar, – le comentó el ave cuando la joven le comentó lo ocurrido –  pero yo no puedo ir ahí porque me atraparían y me meterían a una jaula. Guarda con cuidado las hojas que te he traído y dame de despedida una rebanada de tu pan de cebada.

Mucha pena costó a Esperanza separarse del bello pájaro. Y una mañana, habiendo cosido las hojas al forro de su viejo abrigo, partió junto con su prometido a la gran ciudad.

Ahí la prosperidad les bendijo, no tanto por la habilidad comercial del otrora empresario, sino por la calidez y amable trato de Esperanza. Personas de distintos niveles y fortunas la buscaban tan sólo para platicar con ella, y ella no rechazaba a nadie. Y la prosperidad trajo consigo vestidos y joyas, amistades y compromisos sociales… Y en medio de toda esa riqueza, ella seguía usando su viejo abrigo, el cual lavaba y remendaba personalmente.

– ¿Por qué no te desases de ese viejo abrigo? – le preguntó un día su ya esposo.

– He usado este abrigo mucho antes que los vestidos de seda y terciopelo, – le contestó Esperanza – por lo que me hallo mucho más cómoda que con los abrigos de moda. Además, gracias a él, no me ensoberbezco nunca, pues me recuerda la época en que constituía para mí el traje de los días festivos.

Ante un razonamiento tan acertado jamás volvió a tocarse el tema, y la joven pareja vio crecer y prosperar a su familia al tiempo que brindaban felicidad, armonía y esperanza a quienes les rodeaban.

Basado en los Remendones y el Cuco, cuento popular.

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3 Comentarios »

  1. ruthceli hernandez lopez 17/Ene/2014 en 1:26 pm - Responder

    linda historia !

  2. Monica 27/Dic/2013 en 6:52 pm - Responder

    Mauricio – Muy linda historia. Qué mayor riqueza que conservar la sencillez y la autenticidad. Invaluable.

    Saludos!
    MP

    • Mauricio Priego 28/Dic/2013 en 12:27 am - Responder

      Mónica, me alegra que te gustara. Aún más que de finanzas disfruto escribir cuentos. ¿Sabes cuál es mi favorito? “El Secreto de Caridad”, cuya liga puedes encontrar al final del artículo.
      Confío también te guste ;)

      Recibe un muy fuerte abrazo! :D

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